Aburrimiento no, hartazgo

Cuando la fórmula de gobernar un país, o intentarlo, pasa por presionar a otros para justificar la incapacidad de negociar y llevar hasta último término posturas maximalistas que se alejan de la búsqueda de consensos a la cual se ven obligados por la simple aritmética parlamentaria, saca a relucir el sonrojo y la inmadurez de aquellos que creen que la política está para algo diferente de la defensa del interés general.

Es consecuente que cuando se negocia se defiendan posturas programáticas, sobretodo si tienes la credibilidad necesaria por haber cumplido con gran parte del programa electoral en ocasiones anteriores, pero no deja de ser un hecho que la estabilidad de un gobierno pasa por medir los tiempos, buscar consensos y ceder en aquello que sabes que termina de ser un obstáculo insalvable para aquel con el que quieres co-gobernar.

A la vista de las “negociaciones” y la escenificación de posturas que algunos realizan de cara a la galería, nos encontramos en un escenario que tiene los visos de un gobierno inestable a la par que débil, con un periodo de vida corto que pueden derivar en una legislatura breve. Pivotar sobre fórmulas que conjuguen un punto intermedio entre aquellos que quieren acordar un programa de gobierno son la única solución para echar a andar una legislatura que empieza a ser una necesidad perentoria, para evitar la desafección de la ciudadanía por la política como instrumento necesario para dar soluciones a los problemas que les rodea.

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