Bloques, bloqueos y bloqueadores

En estos tiempos atormentados que corren en España, los partidos políticos se aprestan a colocarse en primera línea de salida electoral y electoralera. Uno usa los viernes sociales para comprometer partidas presupuestarias, en supuesto beneficio de aquellos que en tiempos del socialismo de Felipe González, el Guerra y Puerto Urraco les llamaban descamisados quienes vestían de pana.

Su socio preferente va llorando por los cementerios y quejándose de las televisiones que, según su punto de vista, ya no le miman como antaño. Ante tamaña queja y lloros, no han dudado en ofrecerle platós y micrófonos para que reparta leña demagógica a su diestra, donde se ubican por ideologia todos los demás partidos políticos. Cosas que implica ser la ultraizquierda.

Los partidos de la bautizada por la inigualable Carmen Calvo como los “trifálicos”, parece que sólo tienen un enemigo a combatir: VOX. Y estos últimos, con una gran expectativa de votos, sólo les contestan cuando el disparate y la mentira alcanzan cotas de desvergüenza e iniquidad considerables. Pero aunque todos a su siniestra ataquen al partido verde, de creer realmente que VOX es la ultraderecha, prácticamente nadie parece haberse leído su programa político para comprobar que lo que dicen de VOX, o es una tergiversación o es simplemente mentira. Y aunque esto sea especialmente visible en este caso, también utilizan la mendacidad el resto de los partidos, lanzándose infundios unos contra otros. Un espectáculo entre sonrojante y preocupante, que refleja el escaso nivel político y ético de los aspirantes y aspirantas a cargos públicos y cargas públicas.

Teniendo en el teatro político como decorado efímero de fondo el golpismo de la Generalidad, que no de Cataluña pretendiendo confundir la parte con el todo, y entre bambalinas el renacer etarra, el Gobierno de España abre, entreabre o cierra el telón del escenario para que los espectadores, los votantes no militantes, vean lo que el Dr. Sánchez y el social-podemismo quiere que creamos.

En mi opinión, basada en sentimientos más que en documentos -celosamente guardados por las cúpulas de los partidos prepactantes-, el deterioro y degeneración de la situación política está forzando a la ciudadanía a plantearse las próximas elecciones como una lucha de dos bloques enfrentados e irreconciliables, por mas que el partido naranja pretenda nadar entre las dos aguas, cada una de ellas con gran oleaje y tormentas interiores. De ahí que las encuestas, las que no estén contaminadas por el “social-tezanato”, reflejen un altísimo nivel de indecisos sobre a qué partido votar, no así de su preferencia por uno u otro bloque.

En una situación así, sería muy bueno que el sistema electoral contemplara la segunda vuelta. En la primera, el votante daría su voto a quién su conciencia le dictara, haciendo oídos sordos a los cantos de sirena susurrando lo del voto útil. En la segunda vuelta votaría por aquella coalición que más se acercara a sus preferencias e intereses. Con el sistema actual, las decisiones últimas se escapan al control y participación democrática de los ciudadanos, pues son tomadas en cubículos oscuros entre los cabecillas reales de las partidas, atendiendo al pastel a repartirse más que al interés ciudadano, al que sólo le queda esperar cuatro años mas para volver a la casilla de partida. Muy frustrante.

Por eso, al contemplar a los cabecillas de los partidos, que no realmente líderes, tirarse los trastos unos a otros a la cabeza en lugar de ofrecer de forma clara y convincente sus propias bondades y no insistir en las maldades ajenas, también muchos se refugian en el abstencionismo, activo o pasivo, pensado con cierta razón en que todos son iguales… en el engaño y el interés propio. ¿Se imaginan qué pensaríamos si el anuncio de un coche, por ejemplo, se basara en denigrar a las otras marcas en ves de resaltar las ventajas de la suya? Pues eso hacen cada día los bustos parlantes políticos.

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