Carta de mi perro Pinky (q.e. p. d.)

Mi querido Amo:

Me animo a escribirte estas líneas porque hoy es mi cumpleaños y ya son demasiados los que cumplo para no darme cuenta de que ese hasta luego, como a ti te gusta llamar a la muerte, lo presiento cerca.

Mi instinto canino me dice que ésta noche será la más larga.

No quiero dejar pasar más tiempo sin decirte que me siento muy agradecido por tu determinación de convertirte en mi amo. Sí, ya sé que la palabra “AMO” suena a esclavitud, pero entre nosotros, ya sabes; semejante expresión nunca tuvo cabida.

Quiero darte las gracias mi amo, porque supiste comprenderme cuando era pequeñito y me compraste en aquella tienda del Puerto de Barcelona, donde un señor muy feo se empeñaba en darme todos los días un baño de “anti pulgas” que olía muy mal.

Recordarás que estaba inquieto y me sentía triste, pues hacía pocos días que me habían separado de mi Mamá y de mis hermanitos, e incluso recuerdo que lloraba sin cesar, pero en tú camarote del Buque Tajo, me consolaste y me entendiste, y yo a cambio lo he intentado contigo todos estos años que hemos estado juntos.

Procuré estar a tu lado siempre que te encontrabas triste e intenté consolarte con la misma lealtad que tú me mostrabas.

Gracias mi Amo por aquel día que enfadado me pegaste y luego te arrepentiste. Te diré que después de hacerlo lamí tu mano ejecutora, porque mi amor por ti era infinito y ese aislado incidente no podía apartarme de ti.

Gracias mi Amo por sentirte tantas veces orgulloso de mi, permitiéndome que me echara a tus pies en el Puente de muestro Barco, o caminar a tu lado por los muelles como tu sombra fiel.

Siempre intenté ser reflejo de tu modo de ser y forma de educarme y, aunque en silencio te decía: ¡Ayúdame a no defraudarte! ¡Háblame! Entiendo cada una de tus palabras aunque no sepa contestarte en el mismo lenguaje. Aprende a leer en mis ojos y comprenderás cuanto te quiero y entiendo.

Gracias mi amo, por todas aquellas historias de la mar y de sus hombres que me contabas y que siempre tenían un final feliz.

Recuerdo especialmente las de aquella bella sirena a la que tu llamabas Virgen del Carmen, y que me asegurabas que cuidaba de nosotros, para que los temporales no nos hicieran daño.

También la del naufragio del buque Valbanera, que a mí me ponía muy triste, pero que luego se me pasaba cuando terminaba la historia y me contabas que los náufragos estaban ya mirándonos junto a Dios y desde el mismo cielo.

Gracias mi amo por enseñarme a amar y respetar a la mar, así como a dominar el arte de navegar.

Gracias mi Amo por ser una buena persona.

Gracias mi amo porque he sido la envidia de otros perritos que no tuvieron la suerte de tenerte como dueño.

Cuando a lo lejos te veía venir, siempre me decía con mucha alegría en el alma: ¡Ese es mi amo! Si, flaco y desgarbado, pero, ¡El más grande de los marinos!

Gracias mi Amo porque fuiste mi mejor amigo en el barco y luego en tierra cuando tu compañía decidió desembarcarte para que continuaras trabajando en sus oficinas del Puerto de La Luz.

Gracias mi amo, porque me permitiste seguir en contacto con esa mar que nos había cautivado y no pasaba un día que no me llevaras a pasear a nuestra playa de Salinetas, a nuestros riscos, a nuestra charca, donde tanto nos gustaba nadar juntos.

Gracias mi Amo por crecer junto a mí y compartir tantas y tantas cosas.

Como te comenté al principio de ésta, el día de mí partida hacia aquella estrella de la constelación de Piscis que tanto te gustaba y que insistías en mostrarme una y otra noche desde el puente del barco en las noches sin luna, la presiento cerca. Pero no te preocupes, siempre te estaré mirando desde allí y tú me devolverás la mirada con esa clásica , eterna y paternal sonrisa tuya que siempre tienes hacia mí.

Te prometo que yo haré que brille más que las demás y que desprenda una luz especial, para que cuando mires al cielo en las noches oscuras puedas encontrarme rápidamente entre tantas y tantas otras.

Gracias mi Amo porque sé que cumplirás mi última voluntad y es que no dejes mi cesta vacía, hay otro cachorro esperándote, mi hijo «Chaval», al que llegarás amar tanto como a mí. Es un diablillo, lo sé, pero con el tiempo llegará a ser un gran perro.

Solo te pido que cuando vayas a dar sepultura a mi cuerpo lo hagas junto al mar, para que quede cerca de mis dos amores terrenales: tú y el Atlántico hermano, como tú me enseñaste a llamarlo.

Gracias mi Amo por esta ultima caricia, que será lo único que me lleve y que mostraré con orgullo a tu Dios, del que tanto y tantas veces me hablaste en vida, y que aunque cueste creerlo, hoy me ha confesado que también es el mío.

Por todo lo expuesto: ¡Gracias mi Amo! ¡Gracias Mar!

Tuyo siempre:
Pinky.

El que no crea que mi perro Pinky me escribió esta carta antes de morir, jamás podrá entender lo que significa “amor y lealtad” en toda la extensión de la palabra.

Y es que el verdadero horizonte no está en la realidad, sino en nuestra mente.

He tenido después cinco perros más, (todos descendientes de él) pero realmente Pinky era mi perro.

Gracias Pinky, donde quieras que estés, porque me ayudaste a crecer por dentro.

Tu amo, y amigo incondicional:
Julio Cesar

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