César, cuéntanos, ¿en qué otras maravillas trabajas ahora en la otra orilla?

Sólo, sólo un temperamento como el tuyo pudo guiar el viento viejo de aquí para que soplara a favor de la conciencia y despertara en las gentes un sentimiento por el equilibrio de la habitación con el paisaje; a fuer de que el conjunto fuera de verdad instaste a que todos destacaran en la construcción el franco estilo de su encanto elemental, porque comprendiste que mucho antes de nacer lo auténticamente cardinal había dibujado el fondo y aceptaste el peso de la enorme responsabilidad.

No dejaste grabado tu nombre en las esquinas, y quizá la descendencia que cumpla con un futuro tardío llegue a olvidar la paternidad de su herencia; no lo cojas muy a pecho, la historia no iguala precisamente tal descuido con el pecado de la ingratitud, ¿acaso la salud de los pueblos no da la mano al tiempo y convierte el regalo de un legado en costumbre? Además, ¿qué te importa?; el turno de cada generación continuará albeando las paredes de sus casas y blanqueando los muros de las cercas, pintará de verde las puertas, postigos y ventanas, barandillas, balcones y galerías; los hijos de sus hijos mantendrán primorosas las calles y conservarán apuestas las entradas y salidas de sus vecindarios; en particular, las piedras que tus paisanos bañaron con cal y dispusieron en hileras a ambos lados de la carretera me entusiasman sobremanera, también el nítido contraste que redactan con el picón rojo o negro me fascina. Indudablemente, el gusto por el buen gusto constituye un apasionante patrimonio adecuado a la sólida sorpresa que el Atlántico rodeó de costas y situó a la vera del largo camino líquido hacia las Indias. Del paso a sangre y fuego de los demonios por Lanzarote resultó un extraño gesto de la muerte, ¿no adornó su semblante con los diversos matices del ocre en lugar del color macilento?

En la transparencia de tu mensaje concretaste el que la persona asumiera honrosamente su papel de usufructuario circunstancial, ¿qué vívida luz alojó su fuente inagotable en tu cerebro? Desde que vine por primera vez a la isla de leyenda disfruté de tu talento singular, me enamoré de una obra legítima y genial que arraigó una vocación con los años; a la vuelta, y en multitud de ocasiones, contagié a mis amigos con las impresiones seductoras que traje en la memoria de tu admirable producción sin firma.

Nunca fui testigo de que un cartel comercial asomara a los dominios del aire la simple geometría de su cara chata, ni que consintiera a la intemperie el desnudo hierro vertebral de su tronco esquemático, ni que hundiera sus esqueléticas patas metálicas en ningún rincón perdido. De una manera apenas perceptible, el fino tacto que aconsejó la medida espera con paciencia que la inteligencia descubra el efecto provocado por el destierro de una intervención inoportuna. Al principio, quien corre por el asfalto nota que el campo de visión del parabrisas contiene una ancha y prolongada perspectiva; luego, identifica la carencia de sobresaltos con el ideal de que no cupo en el entorno la fastidiosa injerencia de la propaganda; por último, calla y confiesa una tremenda deuda con el tesón de alguien que tomó la delantera y contó con el libre gozo que arde en unos ojos de ahora. A esa altura de su profundo bienestar el viajero solidariza su espíritu con una intransigente determinación: jamás las condenadas prótesis de los anuncios debieran interrumpir los tramos que el suelo cedió a una estética inspirada en los encrespados tormentos del alma, ni obstaculizar la vacilante apariencia de calma en los contornos mansos, ni faltar el respeto a la rúbrica del denuedo manuscrita en los semicírculos de roca, ni tampoco que las extravagantes tonalidades cambiantes del terreno sufrieran con los motivos chillones de la publicidad ¡Pues claro que lo sabías!, si la confianza en sí mismo acampa dentro de los límites que abarca la prosperidad del resto, en cualquier voluntad educada florece temprano el afán por la belleza ─te distingue la más valiosa de las intromisiones del hombre en su condición.

Creo apreciar aún tu protesta solitaria y valiente contra el más nimio atentado al prodigio colosal, ¿demasiadas voces no eligieron el torpe trayecto del silencio cómplice? ¡A cuántos detractores desagradecidos te tocó padecer!, los menos por culpa de su honda e incurable ignorancia ─tu talla impidió que los envidiosos aprendieran del maestro─ y otros a causa del espantoso lastre con que carga la estúpida miopía ─el capital fácil infecta las pupilas y acaba equivocando a la razón. Te persiguieron los lacayos de la insensatez, no perdonaron que prevaleciera tu excelente criterio de hacer posible un progreso material sostenido compatible con una sustancial calidad de vida ¡Qué pocos sentaron sus oídos alrededor del púlpito que levantaste en mitad de un desierto con tu palabra y trabajo!, me pareció que en los lienzos encontraste el aliento íntimo a la sordera general.

Las alabanzas más ruidosas que escuché después provenían de las buhardillas del inversor con miras reducidas y de los sótanos donde la política adquiere el vicio del engaño, ¿qué quieren?, no me fío de la ceguera y me aterran las alimañas, ¿opinan que con desafinados cantos ocultan sus gallos tan frecuentes?, ¿incluso más allá de la época que dura el giro desquiciado de sus intereses? ¿Cómo complacía al arquitecto de aquel soberbio escondite del océano los reconocimientos que merecían sus desvelos?; en escasos casos, el relevo de su defensa escogía el carácter de la vehemencia; entonces, su ademán siempre enérgico subía hasta el límite y en su rostro vivaz prendía un regocijo casi infinito.

Disculpen que en este apunte rápido renunciara a la figura del diálogo; en el paraje más indomable que conozco, me sentí absolutamente incapaz de practicar la cirugía con el extenso monólogo que protagoniza la sobrehumana mediación de César Manrique en el testamento del fantástico cataclismo. Octavio Santana Suárez, es Catedrático de ULPGC

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