Cuento del diablo y la pandemia

Cada día de nuestra vida dentro de cada uno de nosotros se libra una pelea descomunal, y, a la vista de lo dura que era la vida al otro lado del Paraíso, una pareja de jóvenes decidió llamar al Diablo para que intercediera en su favor.

-Te vendo mi vida futura a cambio de que me des prosperidad, dijo el joven marido después de invocar al Maligno.

-¿Qué queréis de mí?

-Estamos desesperados. Tenemos varios títulos universitarios, postgrados, cursos de másteres, cada uno habla tres idiomas pero con todo no encontramos trabajo sino de repartidores de pizzas a domicilio. Así que necesitamos tu ayuda.

-¿Y qué me ofrecéis a cambio? –preguntó el poderoso señor de lo oscuro.

-Te ofrezco mis proyectos y mi entusiasmo, mi ilusión y mi esperanza –dijo el chico con fe.

-Te ofrezco los hijos que nos proponemos criar –añadió la joven.

–No es suficiente –replicó aquel ser que, contrariamente a lo que había imaginado, no tenía aspecto repulsivo sino que su apariencia era magnífica. Su voz era cálida y convincente.

–Te ofrezco mi futuro y el de todos mis hijos para que te respeten y te veneren como mereces –insistió la joven desposada.

–Ya –el Demonio fue parco en la respuesta, como si se hubiese quedado meditando la petición de la mujer.

-Te ofrezco cuanto pueda conseguir yo y cuantos me sucedan en este mundo, insistió Eva.

El Diablo era alto y bien parecido, vestía ropas magníficas. Llevaba gruesos anillos en los dedos de la mano izquierda y una cadena de oro macizo rodeaba su cuello. Los recién casados admiraron la prestancia y la majestuosidad de aquel ser venido de otro mundo. Insistían en ofrecerse a él si les bendecía con bienes y oportunidades en la edad madura de la vida. Pero antes había que aclarar varias cuestiones de suma importancia.

-Habéis de prometerme que seréis súbditos fieles de los gobiernos, aunque se vuelvan malvados.

Aquel requerimiento les había sorprendido, así que tardaron un poco en contestar afirmativamente.

-Y todavía queda alguna cosa más. Por ejemplo, tenéis que prometer que nunca hablaréis mal de los bancos, pues son instituciones mías, ni protestaréis si os cobran altas comisiones o si os deniegan la ayuda cuando más la necesitéis. Tampoco hablaréis nunca mal de los políticos, que son delegados míos en la Tierra.

¿Cómo podían negarse si el Señor de lo Oscuro había adoptado como suyas tales entidades?

Contestaron afirmativamente a otras cuestiones acaso más insignificantes, y tanto adularon sus virtudes, que el Diablo se colocó en medio de la pareja y les prometió ser su señor.

–Está bien –dijo, finalmente. Me serviréis como narcotraficantes y comisionistas en el tráfico de armas, y de este modo prometo que os haré los más ricos de la Tierra.

No tardaron mucho el hombre y la mujer en responder a su demanda.

–De acuerdo, dijeron ambos con un gesto de aplomo.

Al poco tiempo empezaron a ejercer sus funciones, para las que reclutaron a miles de seres en los cinco continentes. Su fortuna crecía año tras año hasta tal punto que pudieron gobernar en docenas de países, y en otros controlaron la Bolsa y las empresas internacionales de mayor éxito.

Pero al cabo del tiempo el Maléfico les encargó otra misión más arriesgada pero también más beneficiosa: generar cepas de nuevos virus que serían distribuidos a lo largo de los cinco continentes y tener disponibles las vacunas que crearían inmunidad, cuya operación generaría muerte pero también enormes beneficios para algunos. Además, el Diablo dio claras instrucciones: cuando llegue cada pandemia será poco práctico mantener la vida de los mayores, porque supondrá un costo injusto para los más jóvenes. Los ancianos son una carga insoportable para los contribuyentes. Así que de paso descongestionaremos el pago de las pensiones, los gobiernos me estarán agradecidos.

Como la pareja era todavía de buena edad, no mostraron impedimento. Pero en una nueva oleada de la enfermedad ambos fueron desechados en los hospitales porque las unidades de cuidados intensivos estaban repletas y ellos ya habían rebasado los 60 años. Supieron, entonces, que el perverso les había tendido una trampa, pero cierto fue que se olvidaron de pedirle la inmortalidad.

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