De cuando España era España (3)

Aunque algunos independentistas montaraces se enfaden, los jóvenes canarios estudiantes de hoy han de dar gracias a Achamán de que el idioma guanche haya desaparecido o al menos no sea la lengua materna de nuestro pequeño mundo, que en términos lingüísticos es insignificante e irrelevante. El que la lengua franca sea el español, en el caso de Canarias, abre la posibilidad y el privilegio de disponer de un horizonte de comunicación muy amplio y nos facilita conocer una parte fundamental de la cultura universal leída directamente y casi todo el resto traducido con presumible corrección.

Pero tener la fortuna de hablar una lengua tan extendida y estudiada en el mundo, se está perdiendo en algunas comunidades autónomas españolas, gobernadas por nacionalistas que sólo piensan en potenciar las diferencias en su propio beneficio. Pero lo peor es que, al mismo tiempo, gran parte de los ciudadanos de esas comunidades, estudiantes o trabajadores desplazados, han sido abandonados a su suerte por unos gobiernos de España y por unos partidos políticos que sólo piensan en caer simpático a los independentistas, creyendo que así se gana su confianza abriéndoles de paso nuestra cartera para que se sirvan. Lloros aparte.

Con esa grave irresponsabilidad, esa incalificable negligencia, se está condenando al fracaso escolar a una parte sustancial de los alumnos, como certifican los sucesivos informes PISA, además de permitir que sus profesores, muy ideogilizados, les mientan sin pudor enseñándoles desde sus puestos de privilegio, una historia que nunca existió, que es pura patraña identitaria. Nunca he podido entender, además de parecerme una pretensión ridícula, intentar justificar la forma de ser actual de un pueblo en los presuntos valores y hechos, raíces los llaman, tan antiguos y trasnochados que sólo son reconocibles desde la leyenda. Se ignora a conciencia el devenir de los tiempos y el progreso social inevitable.

El Gobierno de España ha abandonado cualquier intento serio, más allá de declaraciones que al poco tiempo se demuestran falaces, de imponer cordura en el sistema educativo. Es, como mínimo, una actitud cobarde e indigna que aboca a los niños al fracaso, mientras premia a esos profesores liberticidas y les ofrece complementos plurilingüisticos como premio por ser buenos verdugos. Si la educación pretende desarrollar los pueblos, el ombliguismo los hunde.

Cuando España era España, por supuesto en referencia a los tiempos democráticos, se respetaba el derecho y el deber constitucional de conocer la lengua oficial propia del Estado, y también las lenguas cooficiales donde las hubiera. Pero sobre todo, se respetaba el derecho de los padres a elegir libremente la lengua vehicular escolar en la que deseaban se les enseñara a sus hijos. No creo que haya otra nación en el mundo en donde haya partes importantes de su territorio donde sea imposible que un niño estudie en la lengua oficial del estado y se le imponga una inmersión lingüística obligatoria en una lengua no materna, una “ahogadura” o un “margullo” que lo aleje del mundo global manteniéndolo servil en la aldea nacionalista.

No estaría nada mal volver a releer, o ver la versión cinematográfica de “Las Autonosuyas”, la novela de Fernando Vizcaíno Casas, para comprender el grado de sinsentido que la degradada clase política ha instaurado en la España actual. En aquellos años 80, parecía un disparate cómico imposible de realizarse. El autor se quedó corto, se ha sobrepasado.

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