Del estupor a la fatal indiferencia

Cada etapa de la vida personal, social y política tiene sus afanes propios. Aunque hay largos periodos de tiempo que parecen ser muy distintos, analizados los hechos con cierta perspectiva, se puede sacar lo que en matemáticas se llamaría algún factor común. Y a mi entender, el principal de esos factores ha sido una más que evidente e inocultable degradación de la clase, casta o castuza política que nos ha hecho transitar desde el estupor inicial, a la fatal indiferencia, pasando por una etapa intermedia mezcla de incredulidad e indignación.

Sin necesidad ni posibilidad de retrotraerse al pleistoceno, los españoles vivimos una etapa de ilusión colectiva que llevó a Felipe González y al PSOE a su histórico triunfo en el 1982, gobernando durante más tiempo que ningún otro presidente democrático, trece años y medio. Galvanizó a la sociedad con aquel eslogan, tan ilusionante como vacío de contenido: “Por el cambio”. Al poco tiempo los descamisados de Alfonso Guerra emularon a los Rinconetes y Cortadillos, cuyas lumbreras más visibles y blanco de todos los chistes sarcásticos, fueron Luis Roldán y el hermanísimo Juan Guerra. Aquella etapa de latrocinio generalizado se saldó con la victoria del PP. Para no perder sus históricas costumbres sólo quedó enquistada en Andalucía, donde los ERE y los Fondos de Formación siguen batiendo récords de rapiña y cara dura. Hasta el senador Salas fue nombrado director de formación en el PSC.

Tras el triunfo de Aznar, la cosa pareció enmendarse, hasta que el advenimiento tras el 11M de Zapatero, volvió a situar el despropósito público en los Planes, sabiamente llamados, ZP. Y esa situación volvió a que el pueblo español, harto e indignado le diera al PP de Rajoy la mayoría absoluta y el mayor poder territorial que nunca tuvo otro partido en la España democrática. Aquel excelente parlamentario que era Mariano Rajoy recibió el mandato moral de acabar con los desmanes socialistas en economía y sectarismo. ¿Esperanza o frustración?

Pero, como en la etapa de Felipe González, que había pasado del cambio al recambio porque “he entendido el mensaje” cuando casi perdió sus penúltimas las elecciones, Rajoy dilapidó esa confianza en tan sólo una legislatura. Aquella frase que le espetó a Zapatero cuando éste intentaba pactar con la ETA la rendición preventiva del Gobierno de España “usted ha traicionado a vivos y a muertos”, la hizo suya Mariano Rajoy en sus actuaciones, o mejor dicho, en sus cobardes inacciones. Tan es así, que cada vez que él afirmaba algo, convenía apostillarlo con aquel galleguismo “…o no”. El relativismo moral, forma moderna y políticamente correcta de llamar a la falta total de ética y principios, ha llegado para quedarse.

Una chispa de esperanza prendió con el movimiento de los “indignados”, tan artificial como las “primaveras árabes”, pues aunque muchos estábamos indignados, no todos lo estábamos por las mismas cosas, muchas de ellas antagónicas a lo que gritaban los hueros gritones. Surgieron unos oportunistas que aprovecharon en su propio beneficio aquello que parecía ser espontáneo, pero que no lo era. Nació Podemos, que en pocos años ha pasado a ser un “Pudimos” pero con éstos mimbres y personajillos, más que utópicos ignorantes, se les ha visto el plumero y los varios floreros. Una nueva frustración caló entre los españoles.

Pero lo que aún no se sabe muy bien si será insuperable, es la situación en Cataluña. Con un Gobierno de España sin rumbo ni principios, afirmando que no pasará lo que luego pasa y no pasa nada política ni judicialmente en tiempo y forma, nada es ejemplarizante ni ilusionante, sólo nos deja atónitos y boquiabiertos. Lo que parecía imposible, haber permitido tener candidatos a diputados huidos o encarcelados con acusaciones de golpismo y malversación, ahora electos, cabe el esperpento de ver a uno de ellos nombrado Presidente de la Generalidad. “Presidente en plasma”, se dice para intentar ocultar con unas risas lo que, sin duda, es una bajeza política de nivel propio de una novela fantástica. Si no es una traición.

El último, por ahora, capítulo de la corrupción generalizada del sistema, a la que han conducido tanto político mediocre y presuntamente prevaricadores, lo ha protagonizado Rodrigo Rato en su intervención en la comisión parlamentaria sobre la crisis de Bankia, tan inútil y teatral como todas las demás. Acusó a varios ministros del Gobierno de Rajoy de haber urdido una trama para perjudicar a Bankia y de utilizar de forma torticera los recursos del estado para perseguir a un discrepante de las políticas internas del PP. Por cierto, no es el primero y si alguno habla, tampoco será el único. “El que se mueve no sale en la foto”.

La acusación no pudo ser más directa ni más grave. No ha salido el Presidente a desmentir nada, sólo el risible Maíllo ha negado lo que a todas luces es una verdad conocida por todos. Tampoco los grandes medios de comunicación han salido a degüello, tienen muchas subvenciones que perder. Si es verdad lo que dijo Rodrigo Rato, se debería deducir el procesamiento inmediato de medio gobierno, con la desaparecida Soraya a la cabeza. Y si es mentira, cosa que habría que demostrar, el pasmado PP cuenta con que la fatal indiferencia del pueblo español, harto y ahíto de tanta mendacidad y mediocridad de sus políticos, a lo sumo tomará nota para esperarlos en el km 14, que son las urnas que se avecinan.

Comparte este artículo....Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *