El insomnio de Pedro Sánchez

Pedro Sánchez es un político que no pestañea cuando miente. Es capaz de decir una cosa y su contraria en un corto periodo de tiempo. No se ha tenido que ahondar mucho en las hemerotecas para comprobar esta circunstancia. Y es que su trayectoria política ha sido una permanente huída hacia adelante. Cada vez que se ha topado con las reglas aceptadas hasta el momento en la tradición constitucionalista de su partido, en lugar de respetarlas ha decidido romperlas con tal de granjearse su supervivencia personal, el único proyecto en el que cree. Sus promesas caducan en horas, sus afirmaciones carecen de valor, todo en su discurso es reversible en función exclusiva de la voluntad de poder.

Las urnas han constatado la pérdida de 750.000 votos y Sánchez hace de la necesidad falsa virtud, cambia radicalmente y cierra en tiempo récord un preacuerdo con su otrora antagonista, aquel cuya presencia en un Consejo de Ministros le provocaba insomnio, aceptándolo ahora como vicepresidente.

Esta maniobra relámpago ha cuajado tan rápido porque ambos líderes querían cortar cualquier reproche externo o incluso interno a sus respectivos retrocesos electorales; y en el caso de Sánchez, para blindarse ante cualquier presión que amenazase su puesto. El abrazo con el que sellaron su preacuerdo es todo un símbolo de la podemización definitiva del PSOE de Sánchez porque es un abrazo con el extremismo mientras su Comité Federal está sometido y los barones escandalosamente mudos, mientras que Podemos no ha pasado por la reglamentaria consulta a las bases, y es que cuando se trata de asaltar los cielos no hay tiempo para formalidades.

La carrera de Pedro Sánchez es un monumento al cinismo. Cogió un atajo tramposo para doctorarse; otro para acceder a la secretaría general; otro para regresar a ella cuando fue expulsado por pretender hacer lo que ahora ha anunciado; y ha tomado el más fraudulento de todos para acercar su siempre postergada investidura, aunque el Gobierno de España haya de quedar en manos de ERC y Bildu, cuyas abstenciones son necesarias.

Por su parte, Pablo Iglesias, pese a perder siete escaños, se alza como vencedor absoluto de la repetición electoral. De materializarse este acuerdo en el Congreso, el próximo vicepresidente del Gobierno de España será un ferviente partidario del derecho de autodeterminación, de la nacionalización de la banca y sectores estratégicos como la energía y de la insumisión fiscal a Bruselas. Por mucho que haya prometido lealtad a Sánchez, Iglesias tendrá mucho poder en el Gabinete, podrá repartir cargos y colocar afines y será inevitable que desarrolle redes clientelares dentro de la Administración.

Y todo esto ocurre mientras el nacionalismo vasco negocia un nuevo Estatuto y justo cuando el separatismo no solo no renuncia a la vía unilateral sino que continúa dando cobertura a las acciones violentas y desobedece al TC, tal como se plasmó en la moción en favor de la autodeterminación promovida por la CUP. La amenaza de Torra, quien pide a Podemos que facilite desde el Consejo de Ministros la amnistía de los presos, sitúa a Sánchez frente al espejo de su irresponsabilidad. Gobernar apoyándose en el secesionismo causa alarma. Y así se está percibiendo en muchos sectores de la sociedad.

Armar un gobierno frentista, de la mano de una alianza inestable de populistas y separatistas, debería llevar a los críticos del sanchismo a alzar la voz para decir que el Gobierno de España no puede depender de quienes pretenden romper España, pero habrá que preguntarse si ese alzamiento de voz va a ser posible ante el clamoroso silencio de los últimos días, por lo que cabe preguntarse si hay vida en el PSOE. Tanto los barones refractarios a la podemización de su partido como algunos de sus referentes históricos se enfrentan al deber moral de evitar que Sánchez deje el Ejecutivo en manos de un partido cuyo líder ha sido condenado por sedición. Todos ellos tendrían que tener presente la advertencia de Rubalcaba sobre el peligro que supondría un Gobierno Frankenstein no solo para la gobernabilidad, sino para la defensa de la nación. Pero me temo que esto no va a frenar a Sánchez, que maneja el Partido de forma caudillista, lo que le ha permitido seguir adelante en su empeño de obtener la presidencia de gobierno y abriendo nuevas esperanzas a Pablo Iglesias para hacerse con el poder en la izquierda española.

El insomnio del que hablaba el líder socialista va a dar paso a una gran pesadilla para una gran parte de los españoles porque, que un condenado por sedición como Junqueras y otro por terrorismo como Otegi, vayan a tener la llave de la gobernabilidad dibuja un panorama sombrío con más enfrentamiento, más degradación institucional y más caos.

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