El interminable carnaval

A los españoles les vendieron un cambio importante que empezaba con la muerte del dictador y el inicio de una época denominada “transición”. Un episodio histórico que interpreta un nuevo estado democrático (bajo el complejo denominador de “Monarquía democrática parlamentaria”) y que todo el mundo sabe cuándo empezó, pero que -evidentemente- nunca ha terminado. De hecho, por el camino, se endurece una legislación que protege cualquier tipo de intervención policial: con argumentos de lucha antiterrorista; de prohibición de grabaciones a los cuerpos seguridad mientras intervienen; y, quizás lo más notable en la vida diaria, un nuevo concepto de “libertad de expresión” que se aleja mucho de “libertad” y dice mucho del control del nacionalcatolicismo de antaño que sobrevive en la españa actual.

Son los votos de muchos trabajadores los que mantienen a partidos de derecha, con actuaciones neoliberales y trazos capitalistas, que incurren continuamente en casos de corrupción de todo tipo. Incluso, de violación de la Ley electoral, sin que ello le cueste a la organización la repetición de elecciones.

Con esos mismos votos, y unos pocos más que recibe una pseudoizquierda u oposición a aquella derecha, pactan la introducción en la carta magna del mantenimiento de los bancos (Art, 135 de 2011) como una responsabilidad antepuesta a la de los ciudadanos, por ejemplo. El resultado está a la vista, aunque -quizás- desde donde es menos apreciable es desde el interior del estado español, gracias a la flota mediática local.

La realidad es que hay gente presa por ideología política o por manifestarse pacíficamente; personas en prisión por ofensas a la monarquía o al propio régimen, etc. A todas estas, el tribunal de Derechos Humanos (DDHH) de Europa (el de Estrasburgo) no puede quitarle el ojo a España, que encabeza el ranking de países de la Unión Europea más sancionado por violación de DDHH. Ese es el Estado que no muestran los medios de comunicación españoles.

Ahora mismo hay personas en el exilio que corren peligro de ser encarceladas por su ideología política, por sus manifestaciones públicas contra la monarquía o por su ateísmo confeso. En definitiva, en el sur de la Unión Europea sigue imperando un régimen nacionalcatolicista enmascarado de demócrata; y así seguirá siéndolo mientras el resto de la UE se limite a esgrimir su vergüenza ajena o esos votantes no tengan valor para producir un cambio auténtico. Desde luego, sin que eso signifique que el nacionalismo más rancio del Estado (el nacionalismo español) desaparezca con un recuento de votos.

Y en Canarias, más acomplejados que nunca y a la expectativa de lo que pasé en Madrid; con más paro que el resto del Estado, los sueldos más bajos, la cesta de la compra más cara, el peor empleo, uno de los mayores pesos poblacionales… No deja de hacer buen tiempo y, de nuevo, tenemos ya casi los Carnavales encima.

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