El Pin como cortina de humo

Desde tiempo inmemorial, para ocultar un avance o una retirada estratégica en el campo de batalla, se han usado las cortinas de humo, tanto más negras y densas como dramáticas o temerarias fueran las acciones a esconder. Y la polémica surgida con el llamado Pin Parental, tiene todo el aspecto de ser precisamente eso, algo para ocultar y que no se hable de otras cosas más graves. El Twitter y las televisiones amigas son las modernas distracciones y sustitutos del pan y circo romanos.

Es difícil creer que alguien con un mínimo de sentido común y consciente de su responsabilidad paternal, o tutorial si se prefiere, pueda oponerse a que los padres fiscalicen y controlen en lo posible los contenidos y las influencias que reciben sus hijos, tanto el el ámbito escolar como en los grupos de amigos con los que comparten ocio y juegos. Todos hemos oído lamentaciones del tipo, “el chico era bueno, pero las malas influencias lo torcieron”. Y como estoy persuadido de que lo anterior es cierto, el ataque feroz y desmesurado del Gobierno de España y sus satélites obedece más al afán de centrar la atención en algo distinto a lo preocupante, que es casi todo lo que ha hecho en una semana, cebando una falsa polémica que mantenga distraídos a los ciudadanos un tiempito. Eso sin descontar que la manipulación sectaria de la educación está en la genética de la izquierda carpetovetónica, no de la europea.

Si se lee atentamente la propuesta del Pin Parental puede comprobarse sin dificultades ni retruécanos, que se propone formalizar legislativamente algo que ya lleva haciéndose mucho tiempo por ser de total sentido común. Se trata de que los padres puedan conocer los detalles de las actividades extraescolares, por lo tanto no incluidas en el currículun aprobado por el Ministerio o la Consejería, y en consecuencia autorizar o no que sus hijos asistan a ellas.

Por cierto, esta autorización se refiere a todo tipo de actividades, no sólo las de contenido sexual tal como ha perorado a su estilo de asamblea de bachillerato más que de universidad, la flamante Ministra Irene Montero, planteándolo como un asunto de igualdad y homofobia. Más sutil, pero no por ello menos siniestro, han sido los argumentos de la Ministra Celaá. “Los hijos no pertenecen a los padres”, fue el primero. Utiliza la palabra “pertenecer” en sentido posesivo cuando en realidad los padres son los tutores legales de los niños hasta su emancipación, al menos en las sociedades occidentales no comunistas. Y para defender su concepción totalitaria sobre el derecho de tutela ideológica de los menores, anuncia que lo va a judicializar, pese a la orden del Dr. Sánchez de no hacerlo con los temas políticos. ¡Poco dura la alegría en la casa del pobre… mentiroso!, reza un viejo y sabio refrán.

Tengo la sensación que vuelve con toda su crudeza aquel intento semifallido de Zapatero de introducir su ideología de ultraizquierda con vaselina, en certera frase de Page aunque fuera para calificar la coalición con Podemos, con la Educación para la Ciudadanía. Con ese nombre al que es difícil oponerse, en realidad se incubaba la traición y el huevo de la serpiente. Bastó leer con detenimiento los contenidos curriculares propuestos y la bibliografía recomendada por el Ministerio de Educación para comprender que se trataba del más siniestro adoctrinamiento en teorías antisistema, ingeniería social, relativizar los valores de la civilización occidental e introducir la agenda LGTB desde las edades más tempranas.

Como la reacción de muchos padres y profesores ante esa pretendida asignatura curricular y por ende obligatoria, fue intensa, se retoma ahora la lucha combatiendo arteramente al programar charlas informales invitando a personas con frecuencia activistas de asociaciones ajenas a la formación. Por eso los padres quieren saber de qué y quien habla en esas actividades extraescolares, máxime cuando el sentido común lo aconseja y el artículo 27 de la Constitución lo exige. Claro está que a los promotores de la oposición al Pin Parental, la Constitución y los valores democráticos occidentales no les importan nada en absoluto.

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