El precio del chantaje

Cuando una sonrisa del destino, en afortunado “twitular” espetado a Pedro Sánchez por el ínclito Pablo Iglesias, hace que un diputado o un grupo político minoritario o casi insignificante tenga una posición privilegiada, no merecida, para la aprobación de una ley que puede afectar a toda España, se asiste a un espectáculo mezcla de bochorno, chantaje político y sonrojante cinismo. Lo llaman “hacer política” cuando en la forma y en el fondo es sólo negociar privilegios injustificados a costa de terceros.

Esto ya ha sido así en otras ocasiones, aunque por la proximidad en el tiempo y en la memoria se pueda ejemplarizar en lo votado hace unos días para rechazar las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos Generales del Estado de 2017, esos mismos que nos anunció Rajoy por dos veces el año pasado que de no aprobarlos inmediatamente sufriríamos males sin cuento y sin cuentas, o no. Y así, elaborándolos en la pastelería de La Moncloa, se ha llegado al filo del verano. Y España, nos proclaman, no sólo va bien, sino que somos la envidia del mundo, como dijo entre líneas y loas Rajoy en Tenerife el pasado sábado. ¡Milagro habemus!

Antes de perder totalmente la fe en la buena praxis de los políticos, aunque se conserve la esperanza de creer que un día la política será un instrumento para aproximarnos a la equidad y justicia para un pueblo, se podía pensar que el gasto público presupuestado con recursos limitados, se distribuía entre las distintas partidas con criterios de atender necesidades lo más objetivas posibles, priorizando, como en una familia, lo urgente a lo necesario y dejando pendiente lo accesorio. De buenas intenciones y deseos está empedrado el camino al infierno, dijo Dante Alighieri muy atinadamente en su “Divina comedia”, nunca mejor titulado.

Pues resulta decepcionante comprobar que eso no es así. Cuando la aritmética parlamentaria lo exige, comienza el mercadeo del voto y se intenta fijar el precio del kilo de diputado. Si quieres que te vote afirmativamente, propone el disputado diputado al ministro de hacienda, me has de dar para mi autonomía tantos millones. Así yo me apunto la gloria, tú salvas el trámite parlamentario y todos comemos perdices, o mariscadas si fueran sindicalistas. Sólo queda negociar, al más puro estilo ideado por Al Capone en Chicago, el precio del chantaje.

Pero a un ciudadano bienpensante, contemplando tal bochornoso espectáculo y creyendo que existen pajaritas preñadas, lo llevan a preguntarse, como mínimo, por la competencia profesional de los que elaboran el presupuesto y, como máximo, sobre la honradez de sus representantes. Si los presupuestos estaban elaborados con seriedad, justicia y equidad para atender las necesidades en orden prioritario, ¿a quien o a qué partida se le quitará el dinero previsto antes para comprar el voto ahora? ¿A quién, que no sea decisivo, se podrá atropellar sin que sus justas quejas les salpiquen y se note demasiado su tropelía?

Sin contar con la necesidad vital de permanecer en el poder, cortando y repartiendo el bacalao, ¿qué ha pasado para que las prioridades objetivas cambien? Sólo se me ocurre una respuesta, que los políticos han actuado como profesionales de su cosa, de su casta dirían antes los del podemismo, sin atender al bien común y sin importarles que se atropelle a los más débiles para atender el fulgor de su carrera política… ¡qué horror y que indecencia, por más que le atribuyan el cinismo a Maquiavelo!

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