El respeto

Las leyes y reglamentos establecen las reglas básicas de lo que debemos respetar. Sin embargo, el respeto no es sólo hacia las leyes o la conducta de las personas. También se relaciona con la autoridad, como sucede con los hijos y sus padres o los alumnos con sus maestros. El respeto también es una forma de reconocimiento, de aprecio y de valoración de las cualidades de los demás, ya sea por su conocimiento, experiencia o valor como personas.

El respeto tiene que ver también con las creencias religiosas: ya sea porque en nuestra familia tuvimos una determinada formación, o porque a lo largo de la vida, hemos construido una convicción. En este sentido, todos tenemos una posición respecto de la religión y de la espiritualidad. Como la convicción religiosa es íntima, resulta una de las fuentes de problemas más comunes en la historia de la humanidad vigentes hoy en día.

De esto deviene el concepto de pluralidad, es decir, la convivencia de diferentes ideas y posturas respecto de algún tema, o de la vida misma y se enriquece en la medida en que hay elementos para formar una cultura. La variedad cultural nos permite adoptar costumbres y tradiciones de otros pueblos, y hacerlos nuestros. Sin embargo, cuando la pluralidad se integra en el terreno de las convicciones políticas, sociales y religiosas las cosas se dificultan.

Las dificultades con respecto a estas cuestiones conllevan a la noción de intolerancia, es decir, “el no tolerar”. Fácilmente podemos adoptar una actitud agresiva ante alguien que no piensa, no actúa, no vive o no cree como nosotros. Esta actitud, cuando es tomada en contra de nuestras ideas se percibe como un atropello a uno de nuestros valores fundamentales: la libertad, que es una valiosa facultad del ser humano, que le permite actuar según su propia decisión, sin estar obligados a nada, lo que supone a veces confundirla con el libertinaje porque muchos piensan que la libertad es hacer lo que queramos y en el momento en que lo deseamos sin tener en cuenta que la libertad también implica actuar responsablemente

Esa responsabilidad pasa por no despreciar, por ejemplo, los sentimientos religiosos o la condición sexual que tenga cada uno porque no debemos pasar nunca la frontera que marca el espacio vital de los demás, ni permitir que traspasen la nuestra. Hay un espacio físico que es personal y que no debe ser invadido. Todos tenemos este espacio, donde no puede entrar nadie, sino está invitado. De la misma manera que nadie debe disponer de nuestro tiempo, tampoco puede hacerlo con el espacio emocional. Nadie puede traspasarlo ni ser transformado por las emociones de otros.

El respeto es un valor humano que cada vez está perdiendo más fuerza en nuestra sociedad quizá motivado por la laxitud en la que ha caído la cultura moderna por el excesivo énfasis que hemos puesto en la libertad y los derechos de los individuos con el olvido de la responsabilidad y el deber como contra parte complementaria. Esta actitud ha traído como consecuencia una mala interpretación de lo que significa la dignidad de la persona y su responsabilidad social.

Respetar significa valorar a los demás, acatar su autoridad y considerar su dignidad. El respeto se acoge siempre a la verdad; no tolera bajo ninguna circunstancia la mentira, y rechaza la calumnia y el engaño. El respeto crea un ambiente de seguridad y cordialidad; permite la aceptación de las limitaciones ajenas y el reconocimiento de las virtudes de los demás. Evita las ofensas y las ironías; no deja que la violencia se convierta en el medio para imponer criterios. Reconoce la autonomía de cada ser humano y acepta el derecho a ser diferente. El respeto, como la honestidad y la responsabilidad, son valores fundamentales para hacer posibles las relaciones de convivencia y comunicación eficaz entre las personas porque son condición indispensable para que surja la confianza en las comunidades sociales.

Una interpretación muy generalizada de que nuestro individualismo es “sagrado” que al sentirnos dueños de nuestra propia manera muy personal de interpretar al mundo, podemos criticar o menospreciar a quien sea, y ridiculizar a la persona que represente cualquier autoridad. Así, por ejemplo, hay quienes no respetan las clases que imparten sus maestros y hay quienes ejercen su profesión con prepotencia en función de sus privilegios, de la misma manera que muchos se sienten con el derecho de no respetar normas, ni políticas, porque las normas y las políticas fueron hechas en base a una autonomía de la conciencia.

En el ámbito político, el respeto se obtiene al cumplir con el mandato del pueblo, sirviéndole y obedeciéndole con honesta pretensión de justicia. El político se corrompe cuando se cree dueño y centro del poder; cuando piensa que él es el soberano a quien el pueblo debe someterse. El político corrupto, en lugar de servir, busca servirse del pueblo, y gobierna no como un deber, sino como un favor que le hace a sus “súbditos”, quienes deben agradecerle y rendirle pleitesía. La grandeza del gobernante no proviene de imponerse sobre los demás, sino de hincarse para elevarlos. Y el papel de los ciudadanos no es ser sumisos ni pasivos, sino críticos y participativos; dispuestos a hacerse escuchar para que se haga la voluntad mayoritaria, y exigir y fiscalizar el uso justo de los bienes que nos pertenecen a todos. La sociedad debe evitar el peligro de ser dominada por quienes, amparados en una falsa concepción de la libertad, pretenden imponer sus reglas con el beneplácito cómplice de quienes no son capaces de poner las cosas en su sitio.

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