El valor de la profesionalidad

Podemos considerar la profesionalidad como la forma capaz y aplicada de ejercer un trabajo o una actividad. Pero la profesionalidad también es un concepto al que cabe atribuirle un componente histórico, dinámico, pues los estándares requeridos cambian tanto como la percepción que se tiene del profesional (bueno, mediocre, malo…). Paradójicamente, la formación quedaría fuera de esa capacidad y aplicación, pues nada asegura que la formación que se recibe sea la adecuada a la actividad en que tenemos que mostrar nuestra profesionalidad.

Cada época requiere un tipo de profesional adaptado a las demandas de la sociedad. La profesionalidad tan solo es la base a partir de la cual se puede y se debe mejorar aunque no siempre está claro dónde pueda estar el listón de la mejora. Hay ocasiones en las que seguimos modelos y teorías mostradas por nuestros iguales, otras veces descubriremos por nosotros mismos lo que debemos hacer.

Hay profesiones que se prestan más que otras a ese modo de mejora, pero a todos los profesionales se les debería pedir que intentaran alcanzar la excelencia, esto es, la manera de mostrar que somos buenos en nuestro trabajo, que somos capaces y que se nos estima por ello, sobresaliendo no respecto a los demás sino sobre nosotros mismos, haciéndonos grandes.

La profesionalidad y actitud van muy parejas, entendiendo la actitud como un estar dispuesto para; pero no es suficiente la mera manifestación de intenciones porque conviene tener en cuenta que la actitud también puede ser una pose, un modo adaptativo a las circunstancias. Por tanto, la actitud exigiría coherencia, un hacerse visible con honestidad. Algo difícil cuando depende de la percepción que los otros tienen de ti.

La profesionalidad sin la búsqueda de la excelencia y la actitud sin coherencia no serían creíbles. La profesionalidad tiene mucho más que ver con un estado interno que con los títulos o los años de estudio que tenga una persona o con la cantidad de dinero que gane. Hay muchos casos de personas sin educación formal que son muy profesionales y otras, que tienen muchos estudios, y no lo son en lo más mínimo.

Ese estado interno que tiene que ver con la profesionalidad, es una cuestión de valores, la persona actúa según sus valores y lo que ella cree que es correcto. Sin embargo, esa no es la diferencia principal. La gran diferencia está en que aquellos que consideramos buenos profesionales en la forma de realizar sus trabajos han desarrollado, una cierta filosofía propia acerca de lo que son ellos mismos y de cómo deberían ser realizadas sus actividades.

Más específicamente, los buenos profesionales son personas que no necesitan de una autoridad externa que les indique cual debe ser su trabajo. Al contrario, ellos han desarrollado la capacidad interna para identificar qué es lo correcto en cada situación, independientemente de si hay una autoridad que los guíe o no. Un buen profesional es capaz de respetar la autoridad pero seguramente no permitirá que ésta cruce la línea en lo que respecta a la forma en la cual se debe realizar el trabajo.

En la actividad política, la profesionalidad es un concepto difícil de evaluar porque no existe un mecanismo que pueda hacerlo. Cualquier trabajador (un médico, un maestro, un panadero, un bombero) se somete a diario a una serie de criterios externos que permiten juzgar su trabajo. Cuando este profesional no cumple con los estándares de rigor de su campo, tiene que atenerse a una serie de penalizaciones económicas y legales.

Los criterios de evaluación externos son esenciales, porque permiten mantener estándares de calidad y transparencia. Lo curioso es por qué el campo político que es el de mayor impacto y responsabilidad de todos, está fuera de las exigencias de cualquiera otra profesión. La falta de profesionalidad de muchos políticos demuestra hasta qué punto tenemos un sistema que no juzga ni penaliza el abuso y la incompetencia.

La falta de profesionalidad en la política tiene un precio: la desigualdad. Cuantas menos exigencias tengamos, más sube la desigualdad. Habría que preguntarse si no es ya un imperativo poner en marcha un sistema de evaluación externa con la autoridad para juzgar el trabajo de un político, igual que el de cualquier otro trabajador. Alguien podrá decir que ese sistema ya existe con las elecciones, pero ese sistema no está impidiendo que, en el día a día del ejercicio de la política, la sociedad esté padeciendo la incompetencia de tantos advenedizos que carecen de los más elementales criterios de profesionalidad.

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