Fernando Padrón Barrera: Mi guía de ayer

En la tarde del día 23 de noviembre, falleció el Dr. Fernando Padrón Barrera y ahora sólo deseo que Dios le premie por tanto bien que hizo durante su vida a cuantos le conocimos y tratamos. Con permiso de mis amables lectores, en esta ocasión voy a hablar de lo que para mí supuso Fernando en mi vida personal y profesional. Para los médicos que compartieron su profesión, dejo por ahora el merecido reconocimiento a su labor como médico cirujano y luego como proctólogo.

Lo conocí, como a muchos de su larga lista de hermanos, al inicio de los años 60 cuando éramos vecinos en la calle General Mola, hoy renombrada como Mendizabal. Yo, un adolescente, él ya un galletón siempre alegre y sonriente, incluso cuando perdía alguna mano en los juegos de cartas que compartíamos con sus hermanos y otros niños vecinos, reunidos en un cuarto de azotea del edificio donde vivíamos.

Fue en esa época cuando me introdujo en dos aficiones que han marcado mi formación y que al menos una de ellas aún practico aunque con técnicas del siglo XXI. Una de ellas fue la magia del ilusionismo. Yo, que por entonces era un poco manitas, fabricaba los aparatos que luego nos permitían sorprender a los amigos en improvisadas actuaciones. Pero la segunda, que reconozco fue la que más me impactó, es la de aprender a usar las cámaras fotográficas, a revelar negativos y a positivar copias en papel… por aquellos años apenas se habían inventado los ordenadores. Ver aparecer poco a poco en una cubeta con líquido revelador la imagen real que sólo habíamos intuído en el negativo, es una experiencia casi mística. Y ya puestos, pero con muy poco dinero en los bolsillos, nos pusimos a fabricar una ampliadora con unas enormes lentes que encontramos no recuerdo dónde ni cómo. Fue maravilloso y aún lo recuerdo con cariño y agradecimiento las horas pasadas aprendiendo en nuestro laboratorio y preparando los químicos con componentes comprados en la Droguería Espinosa en Triana.

Fernando Padrón, por aquellos años, ya había comenzado a reorientar su vida dejando Salamanca y mudándose a Barcelona para estudiar medicina. Cuando a mí me llegó la hora de decidir qué estudiar y dónde, la elección me fue relativamente fácil, aunque como era natural, con el miedo en el alma. Quise hacer ingeniería industrial, cosa que mi padre siempre quiso tal vez por mi afición a diseñar y fabricar artilugios para mis aficiones, entre otras el modelismo naval y aeronáutico con los escasos medios de que disponía. Pero estudiar la carrera en Barcelona y no en Madrid o Bilbao como otros amigos, se lo debo a Fernando. Mudarme a una ciudad desconocida, era una inquietante aventura para un post adolescente de 17 años, pero saber que allí estaba Fernando me decidió y tranquilizó. No estaría solo en esos primeros días. Ni tampoco en los años que allí viví. Me enseñó también algo muy importante para un estudiante: abrir la mente a todo lo que se nos ponga delante y no sólo a lo que es nuestra carrera específica. Por eso me llevó muchas veces a clase en la Facultad de Medicina y me alentó para que asistiera discretamente a las lecciones de grandes catedráticos de historia, fundamentalmente prehistoria e historia antigua, en la Universidad. Eso me hizo un atípico estudiante de carreras técnicas, porque además de números ¡había letras!

Los estudiantes de entonces que íbamos a la Península, viajábamos normalmente en barco, en tercera clase comiendo en segunda. Y hasta Barcelona, el viaje duraba una semana en el Ernesto Anastasio o en el Villa de Madrid, barcos de la Compañía Trasmediterránea. Llevábamos entonces como equipaje, unos enormes y pesados maletones de cartón con cantoneras metálicas en las esquinas como refuerzos. Las teníamos que arrastrar con mucho esfuerzo porque, aunque nuestros hijos no se lo acaben de creer, a nadie se le había ocurrido por entonces ponerles ruedas. Al bajar del barco en ese primer viaje, para mí tan descubridor como el de Cristóbal Colón, el corazón me dio un salto de alegría al ver a Fernando Padrón que me había ido a esperar con su pequeño coche para llevarme a la casa dónde me alojaría en una habitación alquilada en la calle Muntaner. Supongo que fue mi padre el que le escribió, entonces no había WhatsApp, diciéndole cuando llegaría.

Como anécdota personal, propia del mauro que aún conservo en mi alma canaria, contaré que ese primer día de estancia en Barcelona, Fernando y yo fuimos a un pequeño restaurante cerca de la casa donde vivíamos, pues aún no había empezado a funcionar el comedor universitario en la calle Urgel, en la Escuela de Ingenieros Técnicos. Era la primera vez que iba a un restaurante sin mis padres y podía elegir plato del menú. Contemplé con asombro “campurrio”, era el año 1965, una oferta que me pareció tan extensa como la Enciclopedia Espasa. Y elegí arroz a la cubana, sin saber realmente lo que era, pero creyendo que sería algo exótico y con la fantasía burlona de que me lo traerían unas camareras caribeñas insinuantes. Mi cara de asombro debió de ser de antología cuando me lo sirvieron y pude ver que era el plato que mi madre siempre llamaba arroz banco, sin apellidos, con plátanos fritos, salsa de tomate, salchicha y papas fritas. Aún recuerdo con un punto de rubor pero con enorme simpatía, las risas de Fernando y las bromas que me hacía por ellos de tanto en cuanto.

Así podría relatar muchas más anécdotas vividas y compartidas con Fernando que marcaron mi vida y mi destino. Nunca olvidaré al que siempre fue mi entrañable amigo, además de mi guía y consultor en los momentos vitales más decisivos, dónde tuve que tomar decisiones trascendentes. Siempre tuvo una sonrisa cómplice y palabras amables e incluso en las pequeñas discrepancias, nunca hubo un reproche áspero. Hay personas que dejan huella en los demás, con tranquilidad y sin estridencias. Fernando Padrón Barrera fue una de ellas, por eso lo añoraré siempre y espero poder volver a reunirme con él cuando llegue el momento.

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