Golda Meir frente a Yasir Arafat (y 2 de 2)

Hay cosas en el mundo que no resisten la menor comparación, pero que sirven para resaltar, más que para explicar, el porqué a veces la personalidad de los líderes que se enfrentan en un conflicto dificulta su resolución. Un claro ejemplo de esto fueron las iniciales tentativas de paz en el Oriente Medio, donde la decidida personalidad de Golda Meir contrapuesta, humana y políticamente, a la de Yasir Arafat, hicieron imposible llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes y que dejaran las menores “cicatrices de guerra, heridas de paz”, como tituló su excelente libro Shlomo Ben-Ami, embajador de Israel en España desde 1987 a 1991.

Oriana Fallaci entrevista en 1972 al líder de Al Fatah en Ammán. Como ella misma dice, “una entrevista con Arafat, Abu Ammar, ya lo sabía, nunca sirve para obtener respuestas importantes”. Y en contraposición al sentimiento de empatía que en ella había despertado Golda Meir, de Arafat escribe: “Hay una cosa cierta: no es un hombre que haya nacido para gustar. Es un hombre nacido para irritar. resulta difícil tenerle simpatía, sobre todo por el distante silencio que opone al menor intento de aproximación humana”.

Pero la cosa no mejora al tratar temas políticos. “Con Arafat me encontré precisamente con un puñado de aire. Reaccionó siempre con frases alusivas o evasivas, giros de frases que no contenían nada aparte de su intransigencia retórica y su constante temor de no persuadirme. Y sin ninguna voluntad de considerar, aunque fuera por puro juego dialéctico, el punto de vista de otro. La entrevista duró noventa minutos… y cada uno de los noventa minutos me dejó insatisfecha, tanto en el plano humano como en el intelectual y político”.

A continuación copio sólo dos preguntas y sus respuestas de la larga entrevista que, transcritas, llenan más de 10 folios de intenso contenido, tan actual hoy como lo era en 1972.

– Abu Ammar, ustedes invocan siempre la unidad del mundo árabe. Pero saben muy bien que no todos los Estados árabes están dispuestos a entrar en guerra por Palestina y que, para los que ya están en la guerra, es posible, hasta augurable, que firmen un acuerdo. Hasta Nasser lo dijo. Si llegase este acuerdo, como incluso Rusia cree, ¿qué harían ustedes?

“No lo aceptaríamos. ¡Nunca! Continuaremos haciendo la guerra a Israel solos, hasta que reconquistemos Palestina. El fin de Israel es el objetivo de nuestra lucha, y no admite ni compromisos ni mediaciones. Los puntos de esta lucha, les gusten o no les gusten a nuestros amigos, quedaron fijados en los principios que enumeramos en 1965 con la creación de Al Fatah. Primero: la violencia revolucionaria es el único sistema para liberar la tierra de nuestros padres. Segundo: el objetivo de esta violencia es liquidar el sionismo en todas sus formas políticas, económicas, militares, y echarlo para siempre de Palestina. Tercero: nuestra acción revolucionaria debe ser independiente de cualquier control de partido o de Estado. Cuarto: esta acción será de larga duración. Conocemos las intenciones de algunos dirigentes árabes: resolver el conflicto con un acuerdo pacífico. Cuando esto llegue, nos opondremos”.

– Conclusión: ustedes no desean en absoluto la paz que todos auspician.

“¡No! ¡No queremos la paz! Queremos la guerra, la victoria. La paz para nosotros significa la destrucción de Israel y no otra cosa. Lo que ustedes llaman paz, es paz para Israel y los imperialistas. Para nosotros es injusticia y vergüenza. Lucharemos hasta la victoria. Durante decenas de años, si es necesario. Durante generaciones”.
A partir de esas premisas que expone Yasir Arafat sin circunloquios diplomáticos, cabe preguntarse, ¿qué tipo de diálogo o de acuerdo es posible alcanzar con alguien que lo único que desea es la destrucción y la muerte del contrario? Porque, que se sepa, entre vivir o morir no hay términos medios ni tierra de nadie.

Es una realidad incuestionable que los judíos en Israel están allí para quedarse. No están ya dispuestos a que vuelvan a tratar de exterminarlos… ni, por cierto, tampoco los árabes israelíes que no quieren ni oír hablar de ser ciudadanos de un inexistente e inviable, hoy por hoy, Estado Palestino. Prefieren la democracia israelí al feudalismo medieval que les ofrecen.

Y esto es así, por mas que un irresponsable buenismo lo pretenda y un antijudaismo recalcitrante olvide que las facciones terroristas palestinas se están matando entre sí para lograr la supremacía y controlar las ayudas económicas internacionales. No luchan por el pueblo palestino, al que mantienen artificialmente en campos de refugiados sin integrarlos.

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