La decencia en la sociedad

La sociedad española, al igual que la europea está atravesando momentos convulsos que, a mi juicio, son ajenos a crisis económicas o sistemas de gobierno porque se están produciendo en países con distintas economías e ideologías políticas. La causa de esta convulsión puede radicar en otro tipo de crisis: la crisis de valores. Uno de esos valores es la decencia, que es el valor que nos hace conscientes de la propia dignidad humana y su abandono como guía para la vida puede suponer para la persona una transformación tanto en su personalidad como en su vida social. Faltar a la decencia produce que las relaciones interpersonales se tornen inestables y poco duraderas. Ser decente es respetar al otro, ser sensible ante sus necesidades, no sentirse “por encima de”. Saberse en el deber de escuchar con atención, no querer imponer criterios, no dar golpes bajos, no mentir deliberadamente. La decencia implica honestidad y tiene un componente de natural predisposición personal al respeto y la consideración hacia los demás, resulta de la síntesis que reúne además la formación recibida en el seno familiar y la educación en el sistema escolar.

Lamentablemente, la decencia es algo que se ve deteriorado hoy en las relaciones entre las personas. No hace falta poner ejemplos, cualquiera los tiene a mano de su propia cotidianidad. Parte del concepto de prosperidad y bienestar implica alcanzar altos niveles de decencia en el comportamiento de toda la ciudadanía. La decencia no es incompatible con la exigencia del cumplimiento del deber ni con la defensa de los derechos y criterios de cada quien. Constituye en ambos casos un importante componente de la comunicación que favorece el diálogo y el entendimiento. Una sociedad decente es una sociedad no humillante. Es aquella que otorga a cada persona el honor que se merece. Sólo una sociedad que hace suyo el concepto de derecho puede asimilar el concepto de respeto hacia sí misma. La decencia está al servicio de la dignidad humana.

Las instituciones públicas y privadas que no cumplen con la obligación del debido respeto a los derechos los ciudadanos actúan de manera humillante. La sociedad humillante es también la que somete a chantaje a sus miembros y alimenta, por acción u omisión, acciones despreciables que ponen en peligro la democracia porque no hay democracia sin decencia. No hay justicia sin decencia. Si una sociedad decente es una sociedad que no humilla, quiere esto decir que también es una sociedad que no avergüenza. La indecencia entendida como humillación es también violación de derechos ciudadanos, insulto e incitación a la violencia.

Para algunos sectores de la sociedad, hablar de decencia puede resultar trasnochado, retrógrado, cavernícola porque para algunos ser progre significa despreciar y desprestigiar valores que son la esencia del ser humano. Es necesario reivindicar la decencia. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que romper el silencio para luchar contra el descaro de los “hacedores de una sociedad indecente”. A la decencia hay que darle el estatus necesario para el desempeño de ciertos cargos o responsabilidades políticas. Y hay que hacerlo sin posturas demagógicas, presumidas y petulantes de quienes se apropian y se arropan con el manto de la decencia para esconder sus debilidades o su ignorancia sobre los problemas sociales, económicos y políticos.

En el aprendizaje y el ejercicio de la decencia, el papel preponderante está en manos de la familia, de la escuela y de las comunidades. A la política deben llegar personas ya formadas en valores cívicos y morales, pero, dependiendo del cargo y de las funciones a desempeñar, no basta con ello, tienen el deber de mostrar preparación técnica, científica y académica sobre los diversos temas. Una persona puede ser muy decente pero carecer de conocimientos sobre hacienda pública, políticas de desarrollo, relaciones internacionales, educación, empleo, seguridad, salud, etc. Esa carencia de conocimientos se pretende paliar a veces en el campo de la política, con asesores, muchos de los cuales apenas saben nada sobre lo que tienen que asesorar, por lo que este cargo se convierte en una excusa para colocar a los afines a un determinado partido.

No sabemos de dónde han salido los que hoy pretenden gobernar y liderar nuestro país. De qué familias proceden los políticos que forman parte de los escándalos de corrupción. Dónde aprendieron sus mañas los grandes contratistas y financieros sin escrúpulos. Y tampoco sabemos de dónde han salido todos los que roban, amenazan, calumnian, vociferan, insultan a diestra y siniestra sin consideración alguna por su propia dignidad ni por la de todos los demás No se está pidiendo decencia al hampón, al asesino a sueldo o al borracho irresponsable, sino a quienes gobiernan, hacen las leyes, informan, imparten justicia, educan niños o manejan los recursos públicos. La decencia obliga en distinto grado “conforme al estado o calidad de las personas”. Quien más dignidades públicas asume tiene mayor obligación por su propia dignidad.

Cuando los líderes se degradan, la sociedad sufre un daño irreparable, porque se destruye la confianza en las instituciones y en las personas que las representan. Se equivocan quienes creen que la popularidad es lo mismo que la confianza. La violencia social y el deterioro del Estado se agudizan cuando los comportamientos indecentes y perversos de los dirigentes comienzan a ser imitados por sus seguidores, corroyendo todos los cimientos de la ética pública.

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