La desmemoria en la educación

Como sucede en España, por desgracia para los jóvenes, con una periodicidad pasmosa se aprueban nuevas leyes educativas que empeoran sensiblemente la anterior, que para más sarcasmo, o ni siquiera han entrado en vigor o no se han desarrollado en su totalidad. Pero como esas reformas tienen un contenido fuertemente sectario y una vocación disgregadora, las Comunidades Autónomas, añaden su toque étnico al fijar el proyecto curricular propio, donde acostumbran a imponer su impronta partidista y pueblerina, el huevo de la serpiente que incuba los aspectos más gregarios de una legendaria identidad con tintes racistas.

Con estupor y con cierto rubor o vergüenza ajena, puede leerse en los libros de texto autonómicos cómo se desdeña o se minusvalora tanto la historia como las razones y los sentimientos que nos unen e identifican como españoles, ciudadanos de una gran nación, España, de seres libres e iguales. Muchos de esos textos insisten en lo que, dicen, nos desune. “España nos roba”, “Madrid nos desprecia y no nos entiende”, “España impone el español como lengua vehicular”, por cierto curiosa y pintoresca afirmación esta última, cuando al final es el estado español el que certificará los títulos expedidos en España. Estos y otros similares son los eslóganes que blanden sus huestes políticas y la secta pedagógica plagada de docentes en comisiones de servicio o como liberados sindicales.

Desde hace ya unas cuantas décadas, se está socavando uno de los fundamentos de todo sistema educativo que pretenda dar una auténtica formación y autonomía a los estudiantes para que sea su propio mérito, esfuerzo y capacidad, el que les permita realizar y desarrollar autónomamente su plan de vida, sin tener que pasar el resto de su existencia dependiendo de la voluntad política en un estado de siervos subvencionados. Y este fundamento a destruir se llama “memoria”, un elemento indispensable para construir razonamientos. Convendrá tener muy presente que la desmemoria ajena es el arma que usan los que conservan muy bien su memoria de cómo imponer sus ideologías y el pensamiento único y, por ende, totalitario.

Los que aún conservamos la memoria, desde siempre hemos oído hablar de que hubo un tiempo en que se obligaba a los niños en la escuela a aprenderse la lista de los reyes godos, que otros rumores no confirmados ampliaban también a los monarcas visigodos. No me consta que haya ninguna persona viva a la que se le haya sometido a tal tortura. Pero hay pedagogos y demasiados políticos, que siguen recurriendo a esa leyenda disparatada como un mantra progresista para condenar la virtud de potenciar la memoria durante la formación básica. Por cierto, son los mismos que nos quieren imponer su (des)Memoria Histórica y el Ministerio de la Verdad, censurando todo pensamiento o investigación que no sea la reglamentada.

Es imposible no usar los elementos que cada persona conserva en su memoria para elaborar un pensamiento o un razonamiento. Empezando por el léxico, que permite expresarnos y comprender lo que se nos dice. Una cosa es recordar la literalidad de un texto y otra es haber memorizado su esencia, alcance y contenido. Ese uso de la memoria nos permitirá saber cómo, dónde y cuándo buscar en archivos lo que se quiere recordar en detalle. Es la única forma posible de trabajar para un historiador, consultando archivos, o para un abogado con los códigos legales. Ningún ingeniero memorizaría las tablas de logaritmos, pero siempre recordará lo que son y la forma de usarlas para sus proyectos.

La memoria es, en este contexto, la facultad psíquica que permite retener y recordar lo aprendido o vivido en el pasado. Es la esencia del trabajo intelectual y manual. “La cultura es el poso que queda cuando se olvidan los detalles”, dice un sabio aforismo. También memoria es la “experiencia”, eso que tanto se valora en la vida profesional e incluso en la política (aquí además es muy útil para recordar lo que manda el jefe y así salir en la siguiente foto). Por eso es un solemne disparate pretender abolirla en la escuela en vez de potenciarla.

Como una constatación de la firme voluntad de ciertos partidos políticos en no fomentar la memoria, sobre todo la ajena como ya se dijo antes, está en la eliminación de dictados, redacciones y la lectura comprensiva de los textos en los niveles primarios escolares, tareas que fomentaban en uso correcto de la ortografía y la expresión del pensamiento de forma comprensible y razonable. Por todo ello, como enseña la historia y es recordado por todos los que aún conservan y ejercitan la memoria, la propaganda falsaria de los partidos políticos tiene su mayor efecto y consigue más votos, cuando se fomenta la desmemoria desde la escuela.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *