Los factores socioculturales de la alimentación

Antes de conocer el valor nutritivo de los alimentos, las personas acceden a un universo sensorial en el que se han desarrollado determinados patrones culturales alimentarios que condiciona sus hábitos. Afortunadamente las prácticas alimentarias son dinámicas y suelen cambiar en la medida en que las personas se ven obligadas a modificar sus estilos de vida

El patrimonio cultural alimentario se obtiene, desde el nacimiento, en un lugar determinado y relacionado con una sociedad concreta, pero los comportamientos alimentarios se mueven en un marco de referencia beneficiándose del patrimonio biológico y cultural y, por supuesto, sometidos a presiones externas tales como: las técnicas de producción, elaboración y conservación, las técnicas de marketing social y de consumo, las posibilidades de comunicación y transporte, la actitud hacia los alimentos, la imagen corporal que responda a los cánones estéticos de moda, el código culinario que prescribe formas de preparación y consumo, las prohibiciones, tabúes y mitos, la disponibilidad de recursos como dinero, tiempo, habilidad personal y los factores no racionales en la elección,

En la civilización occidental se dan desequilibrios en la dieta por exceso y en otras zonas del planeta se da el fenómeno contrario: desequilibrio en la alimentación por defecto. Hay una larga lista de mitos y creencias en torno a la alimentación que deben ser conocidas para poder modificar hábitos. A modo de ejemplo, se pueden citar: sobrevalorar los caldos cuando éstos apenas llevan proteínas ya que éstas por el calor se coagulan y se quedan en la carne hervida, considerar que “el alcohol abre el apetito”, cuando en realidad sus efectos perjudiciales superan con mucho su aporte nutricional, sobrestimar el valor nutritivo de determinados productos como la soja, el polen, las algas, cuando en gran parte, se consumen por moda y sus nutrientes se pueden encontrar en otros productos, considerar que los productos congelados tienen menos valor nutritivo que los frescos, cuando en realidad tienen el mismo, pensar que “los niños y los ancianos deben comer sobre todo carne y pescado”, cuando realmente se debe comer de todo y a todas las edades, la creencia de que no es igual tomar queso que leche, cuando en realidad tiene valores nutritivos similares y se deben alternar, pensar que el huevo en crudo alimenta más que el huevo cocido, cuando realmente es lo contrario.

Entre los hábitos alimentarios de niños y adolescentes se puede señalar el consumo, en ocasiones excesivo, de hamburguesas, perritos calientes, sándwiches, etc. que tienen como denominador común: preparación muy sencilla, consumo fácil (panes blandos, carnes trituradas) y saciedad inmediata. Su perfil nutritivo puede definirse como hipercalórico, hiperproteico y con elevado contenido graso. Este tipo de alimentos se consumen en los denominados establecimientos de comida rápida, muy extendidos en nuestro país y muy frecuentados por la población infantil y juvenil en fines de semana, días festivos, así como en diferentes celebraciones.

Consumir estos alimentos, de vez en cuando, no presenta mayores problemas en el conjunto de una dieta variada. El problema radica en la reiteración de su consumo que puede generar hábitos alimentarios inadecuados. Por ejemplo, las hamburguesas, generalmente, se acompañan de una bebida refrescante y un postre dulce, prescindiendo de ensaladas, verduras, legumbres, frutas, etc. necesarias en una dieta equilibrada.
No existe ningún alimento que deba eliminarse de la dieta, pero hay que evitar que se desarrollen patrones de consumo monótonos ya que interfieren con los hábitos alimentarios saludables. Estamos en un mundo en el que prima la comodidad en la elección de alimentos, pero hay que intentar que la variedad en la dieta sea el factor esencial de dicha elección.

Otra de las características de los hábitos alimentarios de la infancia y de la adolescencia es el abuso en el consumo de “chucherías”, expresión coloquial con la que aludimos a un conjunto de productos dulces y salados, de formas y sabores diversos, de escaso o nulo interés nutricional y que se picotean a cualquier hora del día. Una de las consecuencias de tomar a voluntad, sin ningún control, este tipo de productos es la falta de apetito cuando llega el momento de la comida convencional, pues su contenido calórico debido al azúcar y a las grasas, que constituyen la mayor parte de sus ingredientes, provoca la saciedad suficiente como para provocar inapetencia. Si, además se trata de productos azucarados puede formarse un substrato dulce que favorece la supervivencia y desarrollo de los microorganismos que atacan la placa dentaria, y provocan caries ya que no es posible mantener la necesaria higiene dental cuando se están consumiendo estos productos en cualquier momento del día.

Uno de los problemas de los nutricionistas al valorar el consumo de alimentos es conocer su contenido real en nutrientes porque no siempre vienen recogidos en las Tablas de Composición de Alimentos. Entre los ingredientes utilizados en este tipo de productos, se encuentran los aditivos autorizados que dan color, sabor y aroma y que contribuyen a potenciar su atractivo.

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