Los másteres tóxicos

Hace poco hablar de un máster suponía para la persona que lo poseía un valor añadido en su formación. La política está echando abajo esa creencia y no serán pocos los que estén borrando de sus currículums la posesión de alguno de ellos obtenidos en España, además del bajón de moral que estará suponiendo a los que están estudiando alguno el tener la duda de si su esfuerzo va a estar reconocido por una sociedad que está asistiendo a una batalla política en la que se está utilizando esta titulación como arma arrojadiza para tratar de vencer al adversario rodeado todo de un gran ruido mediático.

La corrupción provocada por el afán de “titulitiis” está causando ahora más estragos en la clase política. Esa obsesión por engordar currículums se está volviendo en su contra. Para muchos, los másteres son una fuente de conocimientos pero para otros son unas líneas de más para dar esplendor a las biografías, una tentación, un regalo a cambio de dar renombre a un título y quién sabe qué más. La plaga está extendida y amenaza al jefe de Gobierno y al de la oposición.

A mi juicio, en esta pueril batalla del “yo soy más honesto que tú” se está olvidando que hay una cuestión mucho más importante que la imagen de tal o cual político o política. Se está poniendo en juego la rigurosidad del sistema universitario y es ahí donde debería centrarse con más fuerza todas las críticas. Porque, si efectivamente, ha habido irregularidades, algún mecanismo de control ha fallado. Cuando un alumno o alumna hace trampa en cualquier escalón del sistema educativo, no es todo culpa suya, también hay una parte de culpa en el sistema de supervisión establecido.

La rigurosidad, que no la rigidez, debe estar siempre presente y aplicarla a cualquier alumno o alumna sin distinción. Da la sensación que el rigor ha dado paso a reglas burocráticas disfrazadas de academicismo, que obedecen a la imposición de intereses y criterios no sólo ajenos, sino opuestos a la verdadera calidad de la enseñanza. La política liberal en cuanto al estudio y la certificación de conocimientos, característica de las mejores universidades del mundo, no tiene por qué ir en detrimento del nivel y rigurosidad universitaria.

Lo que está apareciendo en los medios de comunicación sobre los másteres cada vez con más frecuencia es algo completamente diferente a un proceso de formación científica. A lo largo de nuestra historia universitaria más reciente no ha sido raro lo que ahora vemos en grandes titulares de prensa. En estos casos de tesis y másteres irregulares se trata en realidad de obtener un mérito para poder desarrollar en algún momento una carrera académica con frecuencia en el ámbito universitario.  Es decir, de lograr una especie de colchón por si todas las locuras a las que se enfrenta un político español durante su particular carrera profesional no le permitiría llegar a puerto seguro.

Para muchos jóvenes que se enfrentan a escenarios muy competitivos para conseguir ser buenos científicos y para poder desarrollar una carrera investigadora, esta situación resulta frustrante. La tesis doctoral tras un máster serio es para ellos el primer escalón de una larga y dura carrera hacia la excelencia científica. Si algunos políticos tienen la idea de que la formación doctoral es una trivialidad o un mero trámite, resulta casi imposible esperar que la ciencia y la investigación se pongan como prioridades de su gestión.

A ellos habrá que decirles que la tesis doctoral o el máster no es un mero escalón académico más, es un paso crítico y necesario para aprender a hacer ciencia. Es la máxima titulación académica posible en cada ámbito y se espera profesionalidad, ética y distinción de quien lo alcanza. Escribir un documento y limitarse a publicarlo, en el mejor de los casos, como un libro, no es lo que se espera de los que se dedican seriamente a la ciencia y a la investigación y, desde luego, no es suficiente.

Lo que parece claro es que los másteres han dejado de ser algo positivo para convertirse en elementos tóxicos. Para evitar esto no basta sólo con dimisiones. Hay que evitar que determinadas instituciones educativas no tengan la rigurosidad que se exige para otorgar titulaciones.

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