Maradona, un ídolo con los píes de barro

Ha sido casi surrealista contemplar algunas imágenes en los informativos tras la muerte de Maradona, la más terrible la irrupción por la fuerza de miles de forofos en la Casa Rosada, con las consiguientes cargas de la policía, y las más tristes las que han trascendido del ídolo fallecido en su ataúd.

No descubro nada si digo que el fútbol levanta pasiones, donde la identificación con unos colores trasciende del propio deporte y el sentimiento patriota, como ha ocurrido con Maradona, alcanza una dimensión extraordinaria.

Vaya por delante que nadie discute la calidad de Diego Maradona, ni que en su día fue el mejor jugador del planeta. El Pelusa hizo campeona del mundo a Argentina en México con una auténtica exhibición de clase, poderío y saber estar y hacer, en ese momento hizo historia.

Pero el recuerdo que tiene la gente más joven del astro argentino poco o nada tiene que ver con aquel chico que asombró al mundo, más bien le conocen alejado del césped, perdido y desorientado entre sus adiciones y sus tendencias políticas su fuerte vinculación con siniestros dirigentes de la izquierda latinoamericana (Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales…).

Obviar lo que ha sido Maradona en el mundo del fútbol carece de sentido, abstraerse de en lo que se había convertido este futbolista de futbolistas, también.

El legado de Maradona son goles, regates y toques imposibles de virtuoso, pero también escándalos, excesos, dopaje y la peor cara del deporte. Tan amado como futbolista como criticada su persona.

Fuera de la cancha, nunca encontró el sosiego. No pudo. No supo. Los escándalos lo siguieron como una sombra.

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