Retorciendo la semántica

Desde hace ya bastante tiempo y sobre todo desde que se empezó a hablar de la Agenda 2030 y del Gran Reseteo, los partidos políticos de izquierda que han perdido su referente y su ideología tras la caída del Muro de Berlín, la están intentando sustituir por una buena dosis de demagogia, término que el DRAE define como el empleo de halagos, falsas promesas que son populares pero difíciles o imposibles de cumplir y otros procedimientos similares para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de la propia ambición política. Definición tal larga como la intención de quien la practica: puro populismo.

Para lograr estos fines, están utilizando de forma sistemática y constante lo que algunos llaman “ingeniería del lenguaje” para lograr su peculiar “ingeniería social”, pero que probablemente sea más exacto denominar “retorcimiento semántico” por ser algo más propio de las ciencias sociales que de la exactitud físico-matemática de las ingenierías. La semántica se refiere al estudio del significado, sentido o interpretación de signos lingüísticos como símbolos, palabras, expresiones o representaciones formales. Y se retuerce el primigenio significado de una palabra hasta darle totalmente la vuelta y que se entienda como otra cosa distinta, más acorde con la ideología de los manipuladores. Lo hacen sin pudor cuando las palabras originales tienen un significado menos aceptable socialmente. Por ejemplo, se dice interrupción del embarazo para no decir aborto; o eutanasia, para no decir suicidio asistido; o, en el terreno educativo, propugnar la igualdad de resultados, equidad la llaman erróneamente, para no hablar del esfuerzo y el mérito. Y la más utilizada, llamar fascista a todo el discrepante con los postulados impuestos por lo políticamente correcto y el pensamiento único. Tan es así, que cuando alguien discrepa, si se lo permite la cascada de insultos sin razonamientos, se ve obligado a justificarse. Para los insultadores, eso no es necesario.

Escuchaba en EsRadio el pasado sábado a Mario Noya entrevistando para LD Libros a Daniel Lacalle por su más reciente libro “Libertad o igualdad”, texto especialmente oportuno para ser leído y estudiado en estos días en que la crudeza y miseria moral, que muy probablemente se oirá durante la campaña electoral madrileña, con mentiras, medias verdades y gigantescas dosis de populismo servidos en eslóganes maniqueos, al mas puro estilo del manual para la propaganda política de Lenin y mas tarde recopilado por Goebbels.

Destacaba Lacalle, entre otras muchas cosas, algunas que me llamaron la atención. La primera es lo que desde hace años es la tónica dominante en la propaganda gubernamental: sus errores manifiestos, son siempre culpa de los demás. Si no se ataja la pandemia y se arruina la vida y la economía, es culpa de los ciudadanos. Aún no se sabe a quién culparán de la desaparición de varias decenas de miles de vacunas, están en ello. También la semiótica, ciencia que estudia los signos que permiten la comunicación, es retorcida si ayuda a la demagogia. Por ejemplo, el muy visible escudo del Gobierno de España en los palets con las primeras vacunas, signo que ha desaparecido sin mas en cuanto empezaron los problemas de suministro… la culpa no es de imprevisión y mala gestión patria, es sólo de Europa.

La segunda cuestión planteada es la falsedad que esconde el reproche descalificativo que se puede ver en los medios de comunicación al afirmar que el “liberalismo pide ayudas al Gobierno para salvar las empresas”, cuando en realidad debiera decir que “el liberalismo pide compensaciones al Estado, no al Gobierno, por el cierre forzoso de la economía”. Los liberales piden compensaciones, no ayudas por algo que las empresas y ciudadanos no han causado y que tiene un alto componente de mala gestión política, como se demuestra

comparando resultados de unas u otras decisiones gubernamentales entre los estados o las comunidades autónomas. No hay que “cabalgar contradicciones”, sólo aclarar conceptos.

Es otra obviedad, vuelve a señalar con acierto Daniel Lacalle, que nuestro gobierno busca con ansia convertir a los ciudadanos en seres dependientes subvencionados. Es lo que desde siempre se ha llamado “clientelismo” pero que en realidad sería más exacto y definitorio denominarlo “rehenismo”. Ser rehenes tiene un significado con un cierto matiz semántico delictivo, mientras que clientelismo no lo tiene. Aunque bien visto, en este caso los ciudadanos subvencionados no son realmente clientes que compran un bien o servicio, sino más bien justo lo contrario. Es el partido en el gobierno quien es el cliente que compra, siempre con dinero ajeno, las voluntades y los votos para seguir en el machito.

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