Ser mayor y el coronavirus

Indudablemente, uno de los sectores de la población que se ha visto más afectado por el Coronavirus ha sido el d las personas mayores, no sólo por el elevado número de fallecimientos. También se ha visto seriamente afectado porque ha contribuido a dar la sensación de que ser mayor es sinónimo de fragilidad, de dependencia y de impotencia, contribuyendo a alimentar la idea de que las personas mayores ya no sirven para nada y hay que aparcarlas, almacenarlas, entretenerlas hasta que les llegue su hora.

Y esto ocurre porque vivimos en una sociedad demasiado apresurada, acelerada y competitiva, donde se ha perdido el valor de la importancia de ser mayor. No hay tiempo que perder para escuchar el «patrimonio» del saber hacer de las personas mayores («un viejo que muere, es una biblioteca que arde»). Si la juventud escuchase a las personas mayores, ganaría tiempo y conocimiento al oír la voz de la experiencia y de la sabiduría.

En las sociedades occidentales modernas, sólo hay tiempo para actuar, y actuar en el sentido de ser productivo y competitivo, si no es así, la persona se convierte en un peso social. Esto, naturalmente, afecta a las personas mayores en su proceso de envejecimiento que empieza a los 65 años, edad habitual de la jubilación. La persona mayor, con la jubilación, puede empezar a sentirse un ser inútil porque es éste el valor transmitido por los códigos sociales de los medios de comunicación a los más jóvenes.

Hay personas que piensan que un profesional jubilado en lo único que debe pensar, por ejemplo, es en los viajes del Imserso y no de tener la oportunidad de seguir tratando de poner su experiencia al servicio de la sociedad. La profesión de cada jubilado no se pierde por el hecho de estarlo. La jubilación es una situación laboral que no elimina el que, por ejemplo, un abogado, un médico, un maestro, un fontanero, etc deje de serlo. No existe la profesión de jubilado. Pensar que una persona jubilada debe arrimarse a un lado despojándole de su profesionalidad, es, no sólo una soberana necedad, sino una falta de respeto. La juventud y los jóvenes adultos no dan valor al mayor porque entienden que está desfasado de la realidad sociocultural.

En la familia, el papel del anciano, ha venido sufriendo algunos cambios a través de los tiempos, lo que ha dado origen a la aparición de nuevos problemas de salud mental. La persona mayor que debería ser una figura venerable y poderosa en la familia, ha pasado, en la mayoría de las mismas, a ser un peso. En otra época, el anciano tenía el principal papel en la familia, como transmisor de experiencias, conocimiento y sabiduría. Actualmente, la sociedad ha colocado al anciano «en la estantería», olvidando que fue él quien construyó la riqueza y la prosperidad de esa sociedad.

Las alteraciones de la movilidad, la percepción y de la cognición, llevan al anciano a considerarse socialmente como «inactivo» porque los más jóvenes, inculcan que únicamente quien trabaja es digno de participar en la construcción social. Esta es la excusa para no asumir la responsabilidad de proporcionar a los ancianos aquello a lo que ellos tienen derecho: más y mejor cuidado, es decir, la manutención de la autonomía de los ancianos enfermos y su reinserción social en todos los casos en que sea posible y deseable.

El anciano que interiorice, bien sea el sentimiento de inutilidad, bien el sentimiento de «invalidez», tendrá un sentimiento de baja autoestima y desarrollará esquemas de tristeza, ansiedad y otras enfermedades mentales. A pesar de existir cada vez más trabajos científicos sobre la depresión, la misma en el anciano, ha sido poco investigada. Existen patologías frecuentes que son omitidas por las clínicas, como la depresión, incontinencia, anemia, sordera, déficit de visión, caídas o reacciones adversas a medicamentos. Uno de los motivos de la depresión, es el hecho de que el anciano sufre grandes carencias afectivas, además, se añade a esto el hecho de que no son valorizados socialmente. Todo esto va minando su psique, y se traduce en una apatía cada vez mayor, a lo que se junta la falta de incentivos sociales, pues parece que los políticos se olvidan siempre de los programas prometidos para la «tercera edad». Se olvidan que el Anciano quiere participar en la actividad de gobernación de su país, bien sea socialmente activo, bien socialmente productivo. Los ancianos quieren simplemente continuar haciendo cosas de interés real, estimulando el cuerpo, la mente y el espíritu y que, al mismo tiempo, les dé un lugar en la sociedad.

Es en la familia donde se debe producir el cambio social fundamental, en el sentido de dar al anciano el valor que éste tiene. Es en la familia donde se debe comenzar a dar más atención al anciano. La familia no puede ver al anciano como un peso. ¿Acaso ellos no serán algún día viejos? Es la responsabilidad de la familia, no del Estado, volver a dar VALOR al Anciano, como ser creativo, responsable y contributivo para la mayor valía de la familia. El anciano tiene un papel primordial que llevar a cabo, por ejemplo, con sus nietos. A los nietos puede transmitirles sus experiencias de vida, sus conocimientos e intercambiar con ellos las necesidades afectivas, de comunicación y de interacción. Sólo así, se establecen los lazos intergeneracionales. Tener un anciano en la familia debería ser un privilegio.

En la familia el anciano satisface sus necesidades de filiación, de altruismo y de intercambio de cultura. La familia como institución debe desarrollar todas las potencialidades del anciano, tanto a nivel psicológico, como a nivel afectivo, social, económico y espiritual. Por lo tanto, es en ella donde se desarrollan todos los procesos importantes de la vida de una persona. La familia debe cambiar con los tiempos, pero ese cambio debe ser siempre, cada vez más dignificante para las personas mayores. Lo que ha pasado con tantas personas mayores en estos tiempos de pandemia debe servir de seria reflexión a una sociedad que los estaba haciendo invisibles.

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