Serrín y estiércol

Teóricamente, el Parlamento es el lugar donde los diputados confrontan argumentos que representan posiciones ideológicas plurales con la esperanza de alcanzar acuerdos que se traduzcan en leyes que contribuyan a mejorar la vida de sus representados, dentro de esa forma de civilización que es la democracia parlamentaria. Pero la práctica se aleja cada día más de ese ideal.

Decenas de diputados que sueñan con la destrucción de la democracia que les otorgó voz y sueldo ni siquiera reúnen la paciencia o la capacidad persuasiva para acometer su proyecto de demolición con arreglo a un mínimo de formalidad, por no decir de vergüenza. El bochornoso episodio protagonizado por ese payaso de serrín y estiércol llamado Gabriel Rufián que llamó “fascista”, “racista” y “hooligan” a Borrell,, no es una anécdota desagradable: es la señal que informa del punto más bajo de una imparable deriva de degradación institucional.

Desde que el virus populista infectó a nuestra clase política, con demasiada frecuencia los plenos degeneran en una mezcla de incompetencia, sectarismo, necedad y grosería que destruye la cortesía parlamentaria y bloquea el poder legislativo. Se está pasando de chequear la veracidad de las declaraciones de sus señorías a tener que utilizar una especie de VAR para resolver si un diputado independentista escupió al ministro de Exteriores. Esta vergonzosa situación obligó a Pedro Sánchez a solidarizarse con Borrell, como si fuera de otro partido, y pedía disculpa a los españoles. Un impulso aparentemente noble pero que debería estar acompañado de alguna sinceridad demostrable con la ruptura de relaciones con aquellos que trabajan cada día para socavar las instituciones.

Ese paso no lo da Sánchez porque le abocaría a disolver la Cámara y afrontar en las urnas el juicio de los ciudadanos. Un juicio que incluirá la humillación de haber llegado a Moncloa votado por esos separatistas que insultan a su ministro y a los que necesita para seguir en el poder y revalidarlo tras unas elecciones. Sánchez y su portavoz Lastra evitaron señalar a los culpables -ERC- y optaron por repartir la culpa, al tiempo que su ministra Delgado destituía al abogado del Estado que era partidario de acusar por rebelión, apartándolo así del juicio del 1-O. Una capitulación indigna ante las exigencias independentistas.

A ese lamentable personaje, cuyo apellido le retrata fielmente, le estamos sosteniendo entre todos en Madrid para que siga con su show tremendista que cumple con la ejecución de una estrategia calculada con la que trata de arrastrar a todos los oradores a una barahúnda llena de odio y violencia verbal que dé una sensación de institución terminal, reflejo de un régimen y una sociedad colapsados. Se trata de que parezca, que lo único que queda es batirse. Una táctica que también intentaron los oradores de Podemos y tuvieron que aparcar tras la compra del chalet por parte de su líder.

Casi da pena recordar que esos matones empeñados en reventar por dentro el parlamento y el sistema son precisamente la gente que visitan las cárceles para muñir sórdidas concesiones políticas que quieren incorporar a una forma de poder perpetuo que excluya la lealtad institucional, ésa es la gente a la que se aferra Moncloa para cumplir el único propósito confesado, de mantenerse en el poder.
El verdadero castigo para Rufián es la indiferencia o una risa piadosa, porque prestarle atención es un modo de honrarle y centrar la atención en un diputado convertido una vez más en estrella de la ciénaga y disfrutando de la máxima gloria a la que él puede aspirar que es la de insultar a un ministro para provocar una marimorena, sumar titulares y por supuesto salir a hombros virtualmente, a través las redes sociales.

Si Gabriel Rufián es representante de algunos españoles y no se comporta como tal no es un problema de sus límites personales; el problema es que de su voto depende la aprobación de las cuentas del Estado, es decir, la supervivencia del Gobierno, ese es un problema de límites políticos: aquellos que ha fijado la falta de escrúpulos de Sánchez.

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