Tiempos de querer y no poder

En estos días en que la pandemia nos tiene a muchas personas sobrecogidas y temerosas, vemos cómo las autoridades sanitarias, tanto la OMS como el Gobierno de España, actúan dando bandazos. Imponen restricciones sin explicar con claridad las razones científicas en que basan sus decisiones, que sin la menor sombra de duda no sólo han arruinado la economía y dejado sin empleo a millones de personas, sino que han cambiado nuestras vidas y las relaciones institucionales. Ya nada es igual, la desconfianza y el temor atenazan el espíritu de gran parte de la gente, a la vez que se advierte una irresponsable temeridad en algunos grupos de jóvenes que se creen inmunes y a los que las autoridades sanitarias no dedican campañas publicitarias atemorizantes, como se hacen para disminuir los accidentes de tráfico.

En España se ha llegado al esperpento, tengo para mí que criminal, de que el Gobierno haya tenido la desfachatez de haberse inventado un fantasmagórico e inexistente comité científico para justificar sus erráticas y mentirosas decisiones, para poco después demostrarse que obedecían más a razones de interés político sectario que a la protección de la vida y la salud de los ciudadanos. Y el espectáculo, tan temerario como bochornoso, continúa en los Tribunales Superiores de Justicia de las distintas “Autonosuyas”, dictando sentencias contradictorias que muestran de manera bien patente, la ausencia total de criterios propios de la ciencia médica que debieran ser los que informaran sus resoluciones. Porque esas sentencias pueden costar vidas, no son un asunto de Derecho y de criterios leguleyos sino materia de salud, de vida o muerte.

Cuando mis hermanos y yo éramos niños y nos hacíamos los remolones queriendo dejar para mañana, o tal vez pasado mañana, lo que debíamos hacer hoy, nuestra madre nos urgía utilizando un sabio dicho popular de esos que las personas mayores repetían en Agulo, pueblo gomero del que era oriunda, “quien tiempo tiene y tiempo espera, tiempo vendrá que quiera y no pueda”. Ese refrán posiblemente fuera una adaptación al español moderno de otro anterior, del siglo XV, que Fernando de Rojas copia en su tragicomedia La Celestina: “Quien tiempo tiene y tiempo atiende, tiempo viene que se arrepiente”.

Hace año y medio, nadie en el mundo salvo tal vez los chinos y algún escritor de ciencia ficción, podía sospechar lo que hoy se está viviendo. Y lo que es aún peor, que pese a las anunciadas vacunas y sus yenkas en los suministros, las por ahora mutaciones británica, brasileña o sudafricana del dichoso virus, ese que el Foro de Davos ha decretado que no se puede decir que sea de origen chino, mantienen aún oscuro el final del túnel. Y quien ve la luz al final del túnel, o es un político que nos está mintiendo, o es un paciente en la UCI. Trágico en los dos casos, aunque el enfermo tal vez lo sea por las decisiones políticas del político.

Y entrando en el terreno afectivo personal, quisiera que me permitieran abrir por un momento mi alma con una reflexión. Hay dos grupos de personas que mientras dure la pandemia están particularmente concernidas: los abuelos y los nietos pequeños. Los abuelos vemos como se nos escapa el tiempo y la vida sin poder “apapachar” a los nietos, sin poder malcriarlos al decir de sus padres, ni contarles cuentos e historias más o menos idealizadas que de alguna forma irán rellenando “los rincones del alma donde se guardan los recuerdos que me dejó tu amor”, como dijo el cantautor. Los nietos se hacen mayores a una velocidad pasmosa y en poco tiempo dejan de ver a los abuelos como abogados defensores y asesores, con el papel que tenían antes en las tribus los consejos de ancianos. En un plisplás, ellos entran en la “aborrescencia” y nosotros nos volvemos chochos, muy chochos. Por eso ahora he recordado y entendido lo que decía mi madre: “…tiempo vendrá que quieras y no puedas”.

Por cierto, si pudiera proponer como palabra del año una que reflejara de alguna forma estos sentimientos que he tratado de transmitir sería “apapachar”, hermosa y sonora palabra que el DRAE nos dice que es un término coloquial propio de Cuba y México con el significado de “hacer caricias o mimos a una persona”. ¿Alguien secunda mi propuesta?

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